Avance tecnológico, algoritmos, cookies y corazón.

Hace pocos días, en un viaje de avión me entretuve leyendo un interesante artículo que publicó la revista YOROKOBU con un titular de los que generan atención: “Los precios de un vuelo pueden cambiar siete mil millones de veces en una hora”, en el que se explica cómo interactúan unos, cada vez más desarrollados, algoritmos con las ya famosas cookies (que el autor califica como “deliciosa” herramienta para las aerolíneas), para complicar el tema hasta convertirlo en un verdadero sudoku para nosotros, los clientes.

Esta lectura, un plácido vuelo y el cansancio acumulado durante la semana, me sumergieron en una especie de vigilia en la que mi mente empezó a tejer un sueño francamente inquietante. Esos días además había participado en unas reuniones en las que habíamos hablado sobre BIG DATA, el crecimiento exponencial de las capacidades de internet para encontrar y manejar cantidades inimaginables de información y la evolución de las tecnologías para convertir datos (información) en conocimiento.

Quizá por esto, en mi sueño me vi viviendo en un mundo parecido al que imaginaron George Orwell en 1984 y Aldous Huxley en “Un mundo feliz”. Dos lecturas que siempre me han generado mucha desazón, y desperté con un sentimiento de desazón porque, objetivamente, hoy ya existe la tecnología necesaria que podría convertir en realidad alguna de nuestras peores pesadillas.

Afortunadamente la intranquilidad me duró poco tiempo. El desarrollo de mi trabajo también  me permite constatar todos los días cómo, aunque parezca lo contrario, nuestra sociedad (y nuestras empresas que es el entorno que más conozco) es cada día más humana. El avance tecnológico también están realizando aportes muy positivos y está contribuyendo decisivamente a enriquecer las relaciones humanas (al menos potencialmente).

Es fácilmente constatable cómo avanza imparable en un sentido muy positivo la conciencia y la responsabilidad social de las empresas, y cómo los profesionales están más dispuestos que nunca a desarrollar relaciones de cooperación y no de “competición”. Es un hecho que al mismo tiempo que la tecnología avanza, por ejemplo automatizando el marketing (influyendo en los precios de los vuelos), también puede convertirse en un “proveedor de tiempo” para las personas, de forma que si creemos en las capacidades y la positividad del ser humano, podemos pensar que el avance tecnológico también hará posible el desarrollo de nuevos valores y la reducción de las desigualdades. Yo al menos estoy convencido de que será así.

Al final, como casi siempre en estos tiempos de cambio, hay una gran confusión que nos obliga a posicionarnos y percibir los avances como amenazas o como oportunidades. Yo me quedo con la visión positiva de Juan Martinez Barea, que podéis disfrutar (en el sentido literal de la palabra) en este vídeo, presentado como: La actitud y la innovación mueven el mundo, espero que os guste.

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diciembre 16, 2014
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