¿Somos de verdad competitivos? 4 claves para averiguarlo (I)

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Todas las empresas necesitan referencias del entorno. Su carencia es similar a jugar al fútbol con muy poca luz, en la oscuridad. En los tiempos actuales, saber con seguridad si nuestra estructura de costes es adecuada a nuestro sector, tamaño o área geográfica, si alguna partida de gastos es excesivamente alta, o si la variación de la facturación de nuestra empresa es similar a la de la competencia, es más que necesario: es imprescindible. Vital.

La palabra crítica es “competitividad”. ¿Y qué es eso, exactamente? Según el diccionario de la RAE, alguien o algo es competitivo cuando iguala a otro, análogo, “en la perfección o en las propiedades”. Sabemos entonces que una organización, para ser competitiva, deberá ser similar a sus homólogas en aquellos atributos de valor y parámetros que sean clave en el mercado y negocio en el que concurra. Es decir, deberá hacerlo igual de bien que los demás, venderlo a un precio similar que el resto y producirlo a un coste parecido, so pena de estar fuera del mercado, ser inviable y extinguirse con el transcurso del tiempo.

La competitividad se presenta entonces como un factor mínimo de éxito, aunque – permitidme la libertad – sería más propio decir “factor mínimo de supervivencia”: toda organización – o sociedad, o persona – no competitiva está obligada a cambiar o a desaparecer. ¿Qué ocurre si una empresa alcanza niveles de desempeño notablemente mejores que los demás? Entonces, en lugar de competitividad, podremos hablar de liderazgo, posición ventajosa muy deseable y reservada a los mejores.

Debemos tener claro que la competitividad es un concepto relativo: somos competitivos en relación con los demás. Es algo más que un juego de palabras: si soy bueno pero inferior a la mayoría, no soy competitivo – con todas las consecuencias que conlleva. Si, por ejemplo, un coche corre a 200 km/h, diremos que es un coche muy veloz. Pero si compite en una carrera en la que la mayoría de los coches supera los 240 km/h, quedará en mala posición y será eliminado de la carrera: no es competitivo. No es suficiente hacer las cosas bien conforme a nuestro criterio. Deberemos, al menos, hacerlas tan bien como los demás y, a ser posible, mejor.

A modo de cierre, hemos visto que la competitividad es un factor mínimo de supervivencia, y que debemos buscar referencias en nuestro entorno que confirmen nuestra evolución e indiquen correcciones o posibles ventajas competitivas de futuro. En el próximo post, que publicaré en pocos días, propondré los 4 puntos clave para determinar la competitividad de nuestra empresa. Gracias y hasta entonces.

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